Si el sufrimiento os ha hecho malos, la habéis desperdiciado

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La cita del título nació del teclado de Ida Bauer, no, no la que vivió entre 1882 y 1945,

pero de una cuenta de Twitter inspirada en ella.

Ida Bauer (Viena 1882 – Nueva York 1945), también conocida como Dora, fue paciente de Freud. Su caso clínico es uno de los más célebres de Freud que ha hablado de él en los libros “Fragmento de análisis de un caso de histeria” (1905) y “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901).

Dora comenzó su trayectoria psicoanalítica a la edad de 18 años, el cuadro clínico general se caracterizó por depresión, irritabilidad, ideación suicida y síntomas psicosomáticos marcados (incluyendo afonía). Independientemente del cuadro clínico y de la densa literatura que gira en torno a la Frau Bauer (cuadros analíticos alternativos, críticas a Freud, reelaboraciones…) ¡nos detendremos en lo que es la frase en el título!

La frase no pretende menospreciar o faltar al respeto al dolor experimentado por quien sufre, sino sólo ser un punto de reflexión.

Si el sufrimiento os ha hecho malos, la habéis desperdiciado

El concepto de maldad se presta a un buen número de interpretaciones (filosóficas, psicoanalíticas, económicas, espirituales, religiosas, sociales…). Para reformular la frase en términos menos ambiguos, podemos decir que si el sufrimiento te ha hecho una persona dañina, entonces la has desperdiciado.

Partimos de esta premisa: todas las personas malas son nocivas, pero no siempre una persona nociva es también mala, pero esta premisa no atenúa, justifica los daños que causa al prójimo.

Como niños que no pueden entender la existencia de un punto de vista diferente al nuestro, damos mucha importancia a los efectos sin tener en cuenta las intenciones. En sus experimentos Jean Piaget (psicólogo, biólogo y padre de la epistemiología genética) notó que en la infancia los niños pequeños evalúan a los demás en términos de “bueno o malo” sólo en función de los efectos que producen. Pongamos un ejemplo.

Cuento 1. Luca no prestó atención al juguete que deseaba, por lo que para hacer una molestia a su madre, agarra un vaso y lo rompe escarbando en el suelo.

Cuento 2. Marco ve que mamá está muy cansada, decide ayudarla y mientras lo intenta, deja caer una bandeja llena de vasos rompiendo 10.

Si a un niño muy pequeño se le pregunta, “¿quién es más malo, Lucas o Marcos?” él responderá “Marcos porque ha roto más vasos”. Vemos que para un niño pequeño, procesar la complejidad detrás de cada patrón de comportamiento es imposible y sus evaluaciones se centran en los efectos producidos.

Como adultos, tendemos a dar mucha importancia a la intencionalidad, pero no siempre tenemos todas las herramientas para evaluar la complejidad detrás de un patrón de comportamiento y, de hecho, no deberíamos desearlo. En las relaciones problemáticas y desequilibradas, para justificar el otro terminamos sometiéndonos a continuas humillaciones y sufrimientos.

Si es verdad que hay que tratar de comprender al otro, es igualmente verdad que tenemos un sacrosanto deber hacia nosotros mismos: el de respetarnos, estimarnos y amarnos. El foco, en algún momento de cada relación, no debería estar más en “¿por qué se comporta así?” sino sobre “¿cómo me hace sentir su comportamiento? ¿Por qué lo tolero?” y, según las respuestas, iniciar un plan de acción concreto. Un plan de acción para mejorar la calidad de vida y los vínculos.

Transformar el sufrimiento en resiliencia

Por desgracia, quien ha sufrido en la infancia se arrastra dentro de un buen número de conflictos que se reflejan en el mundo exterior. Quienes han tenido una infancia difícil no han tenido la oportunidad de desarrollar (entre otras cosas) la capacidad de estrechar vínculos de reciprocidad, intimidad y estabilidad. El otro se experimenta a menudo como un instrumento, un objeto interno y no como una persona autónoma y autónoma.

Una infancia difícil puede transformarse en falta de serenidad, inestabilidad, incapacidad para perdonar, para tomar decisiones consistentes, resentimiento, depresión y, muy a menudo, en hostilidad, agresividad e ira. El dolor y la frustración relacionados con una vida difícil pueden ser descargados sobre el otro sin sino y sin sí mismo.

Del pasado no se cura olvidando sino aceptando

Una infancia difícil puede ser devastadora, pero también puede ser utilizada como un recurso. En algún momento, incluso los que han tenido el pasado más devastador pueden ponerse en juego y aspirar a algo mejor. El comienzo es difícil porque del pasado no se cura olvidando sino aceptando. La aceptación no es una acción que se emprende de un día para otro, sino un proceso complejo.

Si la vida ha sido dura contigo, trata de ser menos duro contigo mismo y con los que te rodean, y sabes que ya no eres ese niño a merced de los acontecimientos. Hoy eres un adulto y la serenidad se convierte en una responsabilidad personal, igual que eres responsable de cómo tratas a los demás y de cómo dejas que te traten los demás.

Este concepto es difícil de aceptar porque para hacerlo hay que afrontar la impotencia y el dolor del pasado, un dolor que ciertamente no merecías.

Hay gente siempre enojada, que ve maldad en todas partes, que siempre busca una razón para pelear y para sentirse mal con los demás. Estas personas rechazan la idea de que la serenidad, en algún momento de la vida, se convierte en una responsabilidad personal. Rechazando esta idea, se condenan a una vida infeliz, vivida mal, hecha de ira y rencor… y terminan absorbiendo también a otras personas.

La aceptación

Algunos podrían pensar: “es fácil hablar de aceptación y responsabilidad para quien nunca ha sufrido”. Vale, te voy a dar una noticia: no eres el único con una vida difícil a tus espaldas, no hay un récord de sufrimiento, y si lo superas, eso no te dará ninguna justificación.

En algún momento puedes decidir si seguir adelante con todo tu dolor y seguir malgastarlo o emplearlo para volver a empezar, transformándolo en una verdadera resiliencia.

La resiliencia no es “no necesitar a nadie”, sino la capacidad de lograr vínculos gratificantes incluso en condiciones adversas. El paso más difícil para convertir el dolor en resiliencia es la aceptación: aceptar haber sufrido, aceptar que no podemos cambiar el pasado ni las personas que nos han hecho daño. Darle significado a tu sufrimiento nos hará libres.

No desperdicies el dolor pero úsalo para entender la diferencia entre una vida perdida (tu pasado) y una vida que aún tiene mucha esperanza (tu presente). Y si crees que es demasiado tarde, sabes que nunca lo es, ¡porque en esta vida cada momento cuenta!

Pensar que es “demasiado tarde” es sólo un atajo para rendirse sin intentarlo profundamente. Si crees que lo has intentado mil veces, tal vez tengas más que aprender. En este contexto, la ayuda de un profesional puede ser útil.

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